lunes, 5 de febrero de 2018

Una práctica transformadora: porqué meditar

Cuando a Kodo Sawaki le preguntaban durante cuantos años había que practicar Zazen respondía:

¡Hasta la muerte!

Y así es. Cuando propongo meditar en grupo por primera vez, mi intención no es explicar los beneficios para nuestro organismo, ni convencer a nadie para ejercitarla como tabla de salvación de todos sus males, sino dar la oportunidad a las personas para que experimenten por ellas mismas, aprendan a observar sus pensamientos y lo integren en su vida si les viene en gana.

Y a partir de ahí...Sí, también les digo que hay que practicar hasta el final, hasta que el cuerpo nos diga que hemos llegado.

El ejercicio que propongo no suele durar más de treinta minutos y si voy a continuar con el mismo grupo durante varios días lo incorporo al principio de las sesiones restantes para que se integre como parte natural de un ritual iniciático.

El tiempo que dedicamos a respirar y vaciar la mente sirve para calmarnos y abandonar las inercias mentales que arrastramos desde buena mañana y que incorporamos al día a día sin darnos cuenta. Para el grupo ese momento crea un antes y un después  porque cierra el pasado inmediato y ayuda a centrar la atención en el asunto que vayamos a trabajar ese día.

Meditar como práctica iniciática dentro del modelo atencional

Me interesa que sientan la postura corporal, la respiración y el poder del silencio en grupo, porque lo que aporta la meditación no se entiende a través del estudio intelectual sino a través de la práctica. Por eso, en aquellas personas dadas a intelectualizar todo, pueden aparecer ciertas resistencias.

Karlfried Graf Dürckhein decía que meditar "es un ejercicio que irrita a quienes se encuentran acorralados por los límites de la razón y cuya visión les niega precisamente vivir esa experiencia". Para ellos, todo lo que sobrepasa lo racional está desprovisto de realidad: es imaginación, sentimientos o creencias fáciles o absurdas que sienten como una amenaza fuera de su control.

Normalmente la experiencia es positiva y si se decide continuar en el camino, la práctica despierta en nosotros la compasión, el deseo de darse a los demás, porque nuestro yo va perdiendo poco a poco importancia.

Meditar es una práctica aconfesional, un acto físico que nos abre a experimentar lo que nos une como seres humanos, llámalo Alma o como quieras, da igual.

¿Porqué meditar?

Porque sentarse y respirar es el método más económico y seguro para conocerse uno mismo.

Esta afirmación por si sola bastaría para ahorrarse una pasta en carísimos cursos de desarrollo personal sin apenas esfuerzo. Sin embargo, meditar no es relajarse, ni olvidarse de uno mismo sino prestar atención: observar la realidad tal cual es, nos guste o no por desagradable que sea. Calmar la mente nos ayuda a discernir, a distinguir que es lo importante.

Sin embargo, en nuestro exterior las cosas cambian continuamente, más deprisa que nunca y nos vemos inundados por ríos ingentes de información, la mayoría irrelevante.

Las personas no sabemos a que prestar atención y a menudo pasamos el tiempo enzarzados en discusiones vacías de argumentos o debatiendo asuntos secundarios que conocemos de pasada. Hoy en día estar bien informado no significa tener acceso a mucha información sino saber que obviar y en qué deberíamos centrarnos.

Algunas empresas se han dando cuenta de esto y ofrecen a sus empleados tiempo y espacio para que investiguen y experimenten esta práctica en su vida cotidiana, porque actuar así también les beneficia a ellos como organización. 

Por ejemplo, Headspace la ha incorporado al cambio cultural que ha puesto en marcha con la misión de ser más congruente con sus empleados, clientes y accionistas. No podía ser que una de las compañías tecnológicas más destacas dentro del sector del mindfulness estuviera sufriendo un clima poco saludable, perdiendo talento y dinero por ello. (Aquí arriba tienes la grabación de una de sus sesiones completa en diferido).

Cuando hablo de meditar no me refiero exclusivamente a Zazen sino a cualquier práctica que se aproxime a ella, como realizar ejercicios de mindfulness en una sala, caminar meditativamente por un bosque o contemplar el paisaje desde el fondo de una cueva.

Para escucharse uno mismo se necesitan lugares donde uno pueda detenerse y prestar atención a sus pensamientos sin juzgarlos. Santuarios donde recobrar el propio sentido con los objetivos, tomar perspectiva respecto de las cuestiones banales y recobrar el coraje y el entusiasmo por vivir, respirando conscientemente hasta el último suspiro.

Un santuario es cualquier lugar donde recobrar el propio sentido