jueves, 2 de octubre de 2014

Coaching poético o el respeto por el trabajo propio


Durante un paseo urbano me encuentro con JAG. Tropezamos hombro con hombro, literalmente. Me dice que tiene la sensación de hacer las cosas aprisa y corriendo, a sabiendas de estar haciéndolas mal. No tiene buena cara. Somatización de la conciencia de desastre, de obra inacabada, imperfecta más allá del deseo y sin embargo, comercialmente aceptable. Renuncia involuntaria a hacer las cosas medianamente bien.

La presión funciona en cadena, de arriba hacia abajo y sus males se contagian en todas las direcciones. Nuestra compleja economía global se basa en millones de pequeños y privados actos de claudicación psicológica, en la disposición (y necesidad) de las personas para aceptar un papel que no siempre les ha sido asignado, pero que aceptan como partes del engranaje de una inmensa maquinaria social.

El trabajo no es una actividad privada. Es una obra compartida que hacemos para los demás y con los demás. De eso se nutre el clima de un grupo, la cultura de una empresa, el espíritu de una profesión. Sin embargo, hay personas incapaces de darse cuenta del deterioro que provocan algunas de sus actitudes, aquellas que consideran su trabajo como la única vía para alcanzar el éxito personal, el suyo.

Si despreciamos el sentido de nuestro trabajo, ¿Cómo vamos a valorar el de los demás?

Fue mucho antes de que el coaching invadiese nuestra vida con preguntas poderosas, cuando descubrí que algunos artistas y poetas ya habían encontrado, en silencio, parte de las respuestas.

El silencio creador.