sábado, 11 de enero de 2020

Cuatro valores básicos para gestionar conflictos enquistados

Uno de los encargos más paradójicos que he recibido hasta ahora -y quizá por eso resultó fallido- fue cuando participé en el diseño de una intervención multidisciplinar con el objetivo de reducir la conflictividad en una entidad pública.

El caso de no éxito

El centro es uno más de una red de centros socio-sanitarios dedicados al cuidado de personas dependientes a cargo de la Administración General. En ellos conviven funcionarios encargados de la gestión y dirección administrativa, con rango sobre el resto de la plantilla, junto a interinos y profesionales subcontratados, año tras año, que dedican su tiempo a las tareas más duras de atención y cuidado de los usuarios; con responsabilidad directa sobre ellos y por tanto, con mayor desgaste emocional y mayor estrés.

[Entenderéis que todo es más complejo de como lo voy a contar y para evitar que abandonéis la lectura por aburrimiento, no entraré en detalles, lo reduciré a lo esencial y pondré el foco en el área de actuación que me compete.

Solo diré que la propuesta contemplaba también una asesoría legal y económica rigurosa que hacía viable el proyecto dentro del orden y los límites aceptados por la Administración y si contaron con nosotros fue después de haberlo intentado repetidamente sin éxito con sus propios profesionales internos. Formadores "monologuistas" cargados de buenas intenciones pero con escaso poder de cambio al ser jueces y parte del sistema.]

Una puerta a la esperanza

El tema es que en veintitantos años de existencia, la necesidad patente y reconocida por todos de equilibrar las diferencias en cuanto a expectativas y responsabilidades entre funcionarios, interinos y subcontratados, nunca se abordó en serio a nivel político y siempre quedaba pendiente de rematar, fuese cual fuese, el color del partido en el poder en ese momento.

Problemas grupales de convivencia entre lo público y lo privado que no se sabe muy bien cómo gestionar desde Recursos Humanos, más allá de sanciones administrativas de difícil cumplimiento o artimañas legales para maquillar y perpetuar situaciones laborales indignas que nadie tiene la valentía de afrontar.

De todas maneras, no me sorprendió. Estos conflictos psicosociales me los conozco, los he vivido repetidamente en otro tipo de organizaciones semipúblicas dedicadas a la ayuda social, el tratamiento de adicciones o la reinserción laboral. Organismos con poco presupuesto que gestionan proyectos sin continuidad y que atienden a poblaciones con escasa voz y pocos votos.

En este caso, se abrió una puerta a la esperanza. El centro había conseguido la autorización y el presupuesto necesario para contratar un servicio externo que evaluase la situación y propusiese un plan de acción para acabar con el problema de una vez por todas. Ahora había decisión política, dinero y determinación. Una oportunidad que se quiso aprovechar y que les llevó a contactar con nosotros.

Reuniones y entrevistas varias

En las reuniones con la dirección administrativa y técnica, los representantes sindicales y el responsable político de mayor nivel, contamos siempre con una disposición total. Nunca hubo problemas para conversar con aquellas personas que, debido a su liderazgo informal, pudiesen facilitar las cosas con su apoyo. Toda la información que solicitamos se nos entregó sin restricciones: encuestas de clima laboral, proyectos fallidos de formación interna, perfiles de la plantilla, tipos de contratos, salarios...

Durante las entrevistas individuales confirmamos la enemistad visceral entre los distintos representantes sindicales, ambos con la dirección técnica y todos contra la dirección administrativa, cada cual con sus leales seguidores, cosa que complicaba mucho encontrar soluciones sostenibles sin tener en cuenta ese sustrato emocional tan explosivo.

Es más, la situación se mantenía igual a pesar de que los datos que íbamos conociendo apuntaban la posibilidad de hacer objetivo el problema, visualizarlo y trabajar con él en base a negociaciones racionales. Nada de nada. Ante la tarea de remar en la misma dirección, importa mucho el saldo emocional que algunas relaciones mantienen desde el pasado.

El diagnóstico 

El conflicto parece enquistado. Todos sitúan el inicio del problema en el momento de la creación del Centro. Reconocen una ruptura de expectativas entre los técnicos y la Administración desde el mismo momento de la firma del contrato: unos lo hicieron por necesidad laboral, aceptando unas condiciones que no esperaban y otros por urgencia política en inagurarlo. No se pensó en nada más de cara al futuro.

Se sienten defraudados, olvidados, desamparados ante el volumen de la carga de trabajo, la mala organización y la desidia de la Administración por poner remedio. No reclaman subidas salariales, ni seguridad en el empleo, reclaman mejor organización o más personal, un reparto justo de tareas y una visión responsable que aporte sentido a un trabajo duro que les tiene muy quemados.

La propuesta

Dada la profundidad de los desacuerdos y las dinámicas emocionales detectadas (sentimientos de impotencia, miedo, coacciones, trampas, falsedades, etc.) que repercuten en la calidad de atención a usuarios y familiares, propusimos desarrollar un plan de acción por fases, que contemplase en cada una de sus prácticas cuatro valores mínimos:

  • La verdad: crear espacios seguros donde poner en común la verdad de cada uno y llegar a acuerdos objetivamente sostenibles para el funcionamiento del Centro.
Cuatro valores para alcanzar la reconciliación
  • La justicia: recuperar el equilibrio entre la aplicación de normativas y las consecuencias de su incumplimiento. Los toques de atención perdieron su valor educativo y ya son irrelevantes.  
  • El perdón: reparar la dignidad herida de los afectados, reconociendo los errores del pasado y zanjando asuntos pendientes que interfieren la planificación del futuro.
  • La paz: ofrecer la oportunidad de expresar las diferencias de forma segura, educada y libre. 

Aceptar estos principios a nivel intelectual es el primer paso para comprometerse en llevarlos a la práctica. Porque si la cultura básica de una organización incluye ideas que no concuerdan con los valores fundamentales de la consultoría DO, resultará difícil lograr cambios claros y duraderos.

A pesar del evidente entusiasmo que mostró la dirección, el proyecto quedó pendiente.

¿A qué estamos jugando?

Si volver a empezar de cero no se contempla ¿Qué otra solución veis posible para recuperar la confianza?

¿Me anticipé al proponer una intervención demasiado abierta en una organización vieja pero inmadura?

¿Se pretendía tan solo barnizar el problema para que todo continuase igual?

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