sábado, 14 de diciembre de 2013

El fin del liderazgo personalista es empezar algo nuevo

El arcoíris sobre el Esquenal de l'Ase (Cabeçó d'Or)
A medida que avanzamos hacia un futuro hiperconectado, sufrimos un proceso de  transformación que no siempre es placentero;  incluso puede ser atemorizante. Las estructuras  y condiciones de certidumbre que conocíamos hasta ahora están cambiando, y con ellas el grado de apoyo a liderazgos estables y definitivos.

Se investigan los diferentes estilos de influencia, vigorosas charlas nos animan al cambio, talleres milagrosos nos aseguran carisma, seguidores,… y nada de nada, ninguna de las teorías o intentos por modelar el fenómeno ha resistido la prueba del tiempo. Como mucho, lo mejor de este esfuerzo, es que nos muestra como reducir la profunda contradicción que sufrimos entre liderar y ser buena persona.

Las reglas de juego han cambiado, los líderes de antes debían dar sentido al caos, hacer de la duda certidumbre y resolver con justicia dilemas y paradojas. Los más admirados sabían solucionar las cosas y se esperaba de ellos que en caso de desorden restauraran de inmediato la normalidad.

Sin embargo, la crisis actual de liderazgo es más bien una cuestión de percepción. El problema no está en la ausencia de líderes, sino en nosotros y en nuestras ensombrecidas expectativas por la imposibilidad de encontrarlos.

Una sociedad enredada, infoxicada , aparentemente caótica, se empieza a considerar normal. La certidumbre sólo alcanza un nivel de alta probabilidad. Los líderes ya no tienen todas las respuestas y, por tanto, el poder de protegernos del caos. Desamparados ante la evidencia del descubrimiento buscamos culpables, alguien sobre quien descargar nuestra pesada responsabilidad disfrazada de ira.

Quien quiera arreglar por su cuenta las cosas, está condenado al fracaso.

El liderazgo ya no es patrimonio exclusivo de unos pocos iluminados. En el escenario actual de cambio constante y conocimiento socialmente distribuido y conectado, el liderazgo no consiste tanto en apropiarse de la verdad como de crear las condiciones en las cuales la verdad pueda ser percibida.