martes, 27 de abril de 2010

¿Juegas o trabajas?

Continúo con mi fumarola de reacciones provocada por la erupción del volcán. En este caso haré referencia a quienes han tenido que prolongar sus vacaciones de manera involuntaria y no saben como computar esos días: restarlos de sus vacaciones pendientes o tomárselos como días extra a cargo de la empresa.

Desconozco cómo está regulada legalmente esta excepción de fuerza mayor, pero conozco que muchos de los afectados atienden su móvil fuera del horario laboral o interrumpen sus vacaciones estivales para resolver asuntos urgentes relacionados con su trabajo. También sé que algunos de ellos planificaron estas mismas vacaciones en horario laboral, buscando por el ciberespacio las mejores ofertas y realizando gestiones personales durante ese tiempo.

Sobre el uso que se hace de la agenda en el trabajo, no hay duda que la imagen de un empleado tremendamente concentrado frente a la pantalla de su ordenador dice poco acerca de su rendimiento y que jornadas laborales más largas no implican mayor productividad (lee éste artículo). Sin embargo, nos cuesta aceptar el valor (y el precio) de trabajar en entornos distintos y en cualquier momento. Que puedo decir yo que tengo el despacho 'adosado' al final del pasillo de mi casa y que muchas veces me descubro trabajando mientras paseo por el campo, todo ello gracias al teléfono móvil e internet.

Las nuevas tecnologías han fragmentado el tiempo, diluyendo el significado de cada minuto de nuestra existencia; allá donde estemos, allá donde vayamos, el tiempo personal y el tiempo de trabajo se funden y se confunden.

Hay una anécdota sobre Pío Baroja que muestra muy bien la confusión que crea en los demás producir sin necesidad de horarios fijos:

Estaba el novelista arreglando su huerto y, al verle, un campesino que pasaba por allí le saludó diciendo: «¿Qué, don Pío, trabajando?» Y don Pío contestó: «No, hombre, no, descansando». Al mediodía, el mismo campesino vio al escritor sentado sobre una mecedora con los ojos entornados, y le saludó de nuevo con estas palabras: «Qué, don Pío descansando, ¡eh?» «Pues, no -le respondió el donostiarra-, ahora, precisamente, estoy trabajando.»
Este 'extaño' comportamiento, tan común entre artistas, artesanos y profesionales, describe con humor la relación de compromiso que el autor mantiene con su obra: su actividad es independiente del reloj o de un momento concreto del día.

El nuevo paradigma en la organización del trabajo no entiende de horarios sino de resultados. Se trata de encontrar el espacio donde la responsabilidad y la libertad no se excluyan mutuamente, donde el trabajo no se sufra como una obligación sino como un reto, con altas dosis de diversión. Para Csikszentmihalyi (ver entrevista de E. Punset) cuanto más se parezca el trabajo a un juego -con variedad, desafíos apropiados y flexibles, metas claras y retroalimentación inmediata- más agradable será, sea cual sea el nivel de cualificación del trabajador. Si los trabajadores disfrutaran realmente de sus trabajos se beneficiarían no solamente a nivel personal, sino que seguramente tarde o temprano producirían más eficientemente.

Va a ser que en este cambio de paradigma el 'activismo revolucionario' de los directivos para innovar y facilitar el cultivo de nuevas creencias es decisivo.

Ni que decir tiene que la mayoría de afectados por el volcán han descontado esos días de más de sus vacaciones y continúan atendiendo llamadas en sus horas de descanso. Confiemos que no sea algún tipo de miedo quien haya dirigido sus comportamientos.