En su libro 𝘿𝙞𝙤𝙨 𝙡𝙤 𝙫𝙚, Oscar Tusquets defiende una visión humanista del arte: hacer bien las cosas no solo por su utilidad o el reconocimiento que puedan darnos, sino también por 𝐞𝐥 𝐩𝐥𝐚𝐜𝐞𝐫 𝐲 𝐞𝐥 𝐯𝐚𝐥𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫𝐥𝐚𝐬 𝐛𝐢𝐞𝐧.
Y creo que esta idea también puede aplicarse al liderazgo, que , como la arquitectura, el diseño o la creación artística tiene mucho de arte.
Liderar no consiste únicamente en conseguir resultados, sino también en 𝐜𝐮𝐢𝐝𝐚𝐫 𝐜ó𝐦𝐨 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐠𝐮𝐢𝐦𝐨𝐬. En prestar atención a esos detalles que no siempre se ven, que quizá nadie reconozca y por los que difícilmente recibiremos un aplauso. Porque toda creación, como cualquier acción humana, debería 𝐚𝐬𝐩𝐢𝐫𝐚𝐫 𝐚 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫𝐚𝐫, 𝐝𝐞 𝐚𝐥𝐠ú𝐧 𝐦𝐨𝐝𝐨, 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚.
En su libro, Tusquets muestra cómo algunos creadores han cuidado hasta el último detalle de sus obras, incluso aquellos que nadie llegaría a ver.
Los frisos del Partenón contienen detalles escultóricos que hoy podemos contemplar de cerca en el museo, pero que pasaban inadvertidos cuando formaban parte del edificio. La parte posterior de “El crepúsculo” de Miguel Ángel , permaneció oculta contra la pared durante siglos. Y las lineas de Nazca, trazadas sobre el desierto, solo pueden apreciarse en toda su magnitud desde una perspectiva que ningún ser humano puede alcanzar a ras de suelo.
Es como si sus creadores hubieran trabajado bajo una mirada capaz de verlo todo. Como si, de algún modo, 𝐃𝐢𝐨𝐬 𝐥𝐨 𝐯𝐢𝐞𝐫𝐚.
Pero ¿𝒑𝒐𝒓 𝒒𝒖é 𝒅𝒆𝒅𝒊𝒄𝒂𝒓 𝒕𝒂𝒏𝒕𝒐 𝒆𝒔𝒇𝒖𝒆𝒓𝒛𝒐 𝒂 𝒂𝒍𝒈𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒒𝒖𝒊𝒛á 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒍𝒍𝒆𝒈𝒖𝒆 𝒂 𝒗𝒆𝒓?
Porque hay cosas que merecen hacerse bien no por el reconocimiento que puedan proporcionarnos, sino por el valor que tienen en sí mismas: el rigor y la pasión con que han sido creadas.
Por eso, la calidad de nuestro trabajo no debería depender únicamente de quién vaya a verlo, ni de si alguien llegará a apreciar el esfuerzo que hay detrás.
Lo que hacemos importa. Pero también importa cómo lo hacemos, incluso cuando nadie nos ve.
Con los equipos sucede algo parecido.
Cuando me proponen formar a un equipo durante cinco, diez o veinte horas, mi primera respuesta es que no se obsesionen con “crear un equipo” en tan poco tiempo, sino que se centren en conseguir que las personas que ya forman parte del grupo, aprendan a trabajar bien juntas. Un trabajo que, más bien, les corresponde a ellos durante todo el año.
Y eso les exige prestar atención a algo que no siempre se ve: 𝐂𝐑𝐄𝐀𝐑 𝐋𝐀𝐒 𝐂𝐎𝐍𝐃𝐈𝐂𝐈𝐎𝐍𝐄𝐒 para que puedan hablar con franqueza, tomar decisiones autónomas y coordinar sus esfuerzos con las mínimas fricciones.
Un trabajo discreto, a veces invisible, pero decisivo para los resultados.

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